EN NUESTRA MUY CULTA CIUDAD


La Gaceta desalamanca.es

Juan Antonio García Iglesias 23.01.2019 | 04:45

No todo es política en la vida y aunque se cuela por todas partes sin posibilidad de poderla evitar, siempre quedan resquicios por los que se filtra y nos llega todo aquello que no lo es. Salamanca ofrece oportunidades que permiten evadirse de la indigesta realidad que los políticos nos meten porque sí a poco que nos descuidemos, por eso hay que valérselas sin perder ojo a lo que se cuece por otros ámbitos, que sin ser tanto es suficiente para escapar de la hartura cotidiana a la que nos someten como dueños que son de una actualidad que, nos guste o no, contiene el invariable menú del día que nos sirven sí o sí y que de tanto repetirse no hay quien lo trague. Y esta semana se han despachado a gusto.

Salamanca ciudad de cultura y saberes. Y lo es por historia, por tradición, porque se puede permitir el lujo de serlo y en la medida de sus posibilidades hace honor al título con el que a modo de eslogan se vende al mundo, porque es un recipiente que lleva siglos cocinando cultura y eso deja huella que el paso del tiempo no logra borrar del todo. Cuida mucho que así sea y a veces lo consigue con cierta grandeza. No pierde oportunidad para ello, y oportunidades no le faltan porque su propia historia se las proporciona. La última, la del Octavo Centenario de su Universidad, ocasión que ha dado mucho de sí y aunque ya quedó atrás ha dejado una estela que si se cultiva bien puede ser larga y duradera.

Salamanca es un filón inagotable de sí misma. Fue consciente de ello, pero acabó durmiéndose en los laureles. Ahora ha comenzado a despertarse y se organiza, aunque sin acabar del todo con la querencia hacia el sopor que la mantuvo años y años viviendo muy cómodamente de las rentas, que si no se trabajan se empobrecen y agotan.
Mirarse al ombligo es una reacción narcisista y el narcisismo tiene difícil cura entre quienes se ven a sí mismos y se gustan tanto que llegan a creerse de que nada ni nadie hay en el mundo que puedan hacerles sombra. Y con esa creencia van por la vida tan llenos de fe en ellos que les ciega, hasta que la dura realidad les rompe la crisma devolviéndoles de golpe y porrazo la vista a quienes un día la perdieron o dándoselas a quienes nunca la tuvieron, pero no as todos, ni siquiera a muchos, aunque suficientes para hacer cambiar las cosas. Y en Salamanca las cosas están cambiando, poco a poco, de manera ostensible y sin pausa.

En esta última semana Salamanca ofreció un programa cultural de notable relevancia en el que destacaron dos acontecimientos musicales de no poco atractivo. Uno, el concierto de la Joven Orquesta Nacional de España en el Palacio de Congresos, que dirigida por Bruno Aprea interpretó la sexta sinfonía (“Pastoral”) de Beethoven y la primera sinfonía (“Tintán”) de Mahler, dos obras muy exigentes de dos compositores muy distintos entre sí pero nada propensos a facilitar el trabajo a quienes se enfrentan a sus partituras, esta vez con un concierto memorable. Llenó el Palacio de un público mayormente joven que disfrutó del buen trabajo de una orquesta bien dirigida que agradeció el éxito con la obertura de “La gazza ladra” de Rossini y un pasodoble como punto final del concierto.

Otro, el espectáculo sinfónico que José Mercé puso en escena acompañado por la Joven Orquesta Sinfónica Ciudad de Salamanca dirigidos por Juan Paulo Gómez en el CAEM. Un recital sinfónico de un cantaor con una orquesta, novedad (al menos para mí) de la que lo atractivo no era Mercé, ni la orquesta, sino ver y oír cómo se las arreglaban uno y otra para que el invento musical sonase bien. Y sonó de maravilla. La orquesta estuvo a la altura de lo que se esperaba, nunca decepciona; Mercé, su guitarrista y sus palmeros, como siempre, y el conjunto, formidable, arropado por chorros de luces e impactos de imágenes sorprendentes y espectaculares. Se despidió del respetable con un fandango, mano a mano con el guitarrista, a palo seco, que es como de verdad se cantan los fandangos, que hizo vibrar a la concurrencia, rematando el espectáculo con un recuerdo a Farina.

Beethoven, Mahler, Rossini y el pasodoble de despedida, los jóvenes de ambas orquestas y sus directores, Mercé, el guitarrista, los palmeros y el fandango final sacaron al respetable de la órbita por la que a diario se mueven los dueños de la actualidad como si no hubiese nadie ni nada más que ellos y lo suyo atormentándoles la existencia, porque fuera de la política también hay vida.



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